Argelia es un caso, aparentemente, de fundamentalismo islámico que se justifica con el clásico europeo Got mit uns, Dios con nosotros. No es del todo así. El fundamentalismo parece un fenómeno sobrevenido a una lucha por el acceso a los recursos de un Estado petrolero en cuyo funcionamiento Francia (y España) no son ajenos. Para este tipo de conflicto armado, el acceso a esos bienes (y la gestión de la deuda) son factores mucho más interesantes que el “tribalismo”, los “señores de la guerra” y las “guerras de religión”, como puede verse fácilmente (aunque no hojeando la prensa europea) en los otros ejemplos que se adjuntan.
Volviendo a Argelia, conviene no poner en la misma categoría al GIA y al FIS, con orientación y prácticas muy diversas y con relaciones con el resto de la sociedad muy diferenciadas e impactos territoriales igualmente diferentes. Igualmente, las fuerzas de autodefensa no acaban de ser lo que en otros ejemplos serán los paramilitares: en Argelia funcionarían como lo hicieron los somatenes en el pasado catalán. Al final, cuantos más detalles se introducen en la descripción, menos claro aparece lo apropiado de su definición mediante criterios culturales (religiosos en este caso y, en particular, el fundamentalismo).
El caso colombiano es radicalmente diferente. Las FARC y el ELN, grupos guerrilleros (marxistas) tratan de cambiar el sistema mediante la toma del poder, para lo cual ocupan territorios que pretenden propios y, con la financiación del narcotráfico, defienden su derecho a la justicia. Las semejanzas, ahora, estarían en el Perú y Sendero Luminoso y México y los zapatistas, aunque este último caso tenga elementos del anterior al introducir la variable “étnica” junto a la ideológica propia del presente ejemplo.
Los conflictos colombianos (guerrillas, bandidos, paramilitares, militares, narcotraficantes y sus múltiples combinaciones) tienen, más allá del elemento ideológico que le es propio, algunas cuestiones subyacentes que conviene no olvidar: el petróleo, al parecer con reservas en la zona del Putumayo donde también actúan las guerrillas.
El conflicto entre israelitas y palestinos es también particularmente complejo. La cuestión en litigio es la ocupación del territorio o, para ser más específico, quién va a tener el derecho a mandar en qué territorio. Desde este punto de vista, el caso vasco entre españolistas y “abertzales” o el caso de Sri Lanka entre tamiles y cingaleses son semejantes, a pesar de que no hay dos conflictos iguales. Visto desde fuera, el conflicto en cuestión parece ser el de dos fundamentalismos (el judío y el musulmán) que pelean recurriendo a la historia para legitimar sus respectivas demandas territoriales.
Es importante a reseñar es la intervención extrajera en todos los casos de forma que es prácticamente imposible encontrar un conflicto intraestatal sin ningún tipo de intervención extranjera sea política, económica o incluso militar. El Plan Colombia es, probablemente, el mejor ejemplo de cómo intervienen otros Estados de forma que, al final, el conflicto no es local ni en sus orígenes ni, se va a ver, en sus ulteriores desarrollos.
La abundancia de conflictos armados intraestatales no debería hacer pensar que los conflictos interestatales han desaparecido o que no tienen importancia. Hay pocos, cierto, pero no por ello dejan de ser preocupantes situaciones como la de la India y Paquistán, ambas potencias nucleares.
En general, si se quiere analizar alguno de estos conflictos, conviene no ceñirse a una sola interpretación (lo económico, determinante en última instancia; o lo cultural, determinante en última instancia), ni partir de supuestas teorías que sólo son parte de la legitimación de la violencia (por ejemplo, la pretendida colonización interior). Cada conflicto es un mundo y es preciso tener una lista de buenas preguntas a la hora de abordarlo.



